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No nos preparamos para envejecer

De las contradicciones humanas a la aceptación y ansiosa espera de la vejez

La revolución que experimenta el mundo en materia de envejecimiento y prolongación de la vida ha llegado a convertir la vejez en la regla y no la excepción como antiguamente era (Gil Calvo, 2004). Y a pesar del deseo unánime de querer vivir más años nadie quiere envejecer, reflejando la paradoja que como seres humanos tenemos a medida que el calendario avanza y nos indica que hemos cumplido un año: un año más o uno menos de vida.

La vejez, al ser definida como la última etapa de la vida es un proceso que todos quieren evitar, postergar o detener. El envejecimiento supone cambios, como todas las etapas de la vida, pero los cambios de la vejez nadie quiere experimentarlos. Y este temor es justificable: la vejez se asocia a enfermedad, dependencia y muerte y, por tanto, existe un grado de gerontofobia, o temor a envejecer, o lo que es igual o peor: un rechazo a las personas mayores o a una(s) característica(s) que las represente. Este sentimiento y actitud está generalmente implícito en nuestro interior, y la culpa es de todos. Somos culpables como seres humanos de crear estereotipos y prejuicios negativos asociados a la edad, pero también culpables de transmitirlos, creerlos y aceptarlos como tal.

El edadismo, entendido como el conjunto de prejuicios y estereotipos asociados a la edad (Butler, citado en Losada Baltar, 2004), está presente en la sociedad de muchas formas, desde micro-edadismos hasta macro-edadismos, llegando a convertirse en uno de los tres grandes tipos de discriminación social después del racismo y el sexismo.

En la infancia todos queremos ser mayores para tener independencia y mayor libertad de acción. No obstante, cuando somos mayores, queremos volver a la infancia o juventud. Esta paradoja se explica, entre otros motivos, porque no estamos preparados para envejecer. No tenemos una perspectiva educativa de ciclo vital suficiente que nos prepare para vivir y valorar la belleza de la vejez. Envejecer es un arte, dicen Triadó y Villar (2008). Es un arte porque requiere un conocimiento, un aprendizaje y una práctica y el haber envejecido es la obra de arte final. Y en ese aspecto somos también todos culpables: aprendemos de lo que nos enseñan, pero también de lo que vemos, oímos y practicamos o dejamos de practicar, porque si no hay preparación gerontológica, no podremos aprender a envejecer bien.

Y si estamos preparados para la vejez, la presión social y mediática anti-edad que nos bombardean a diario con sus mensajes subliminares y explícitos que exaltan lo joven y moderno como señal de éxito y satisfacción frente a lo demás son otro buque más a superar.

La vejez está condicionada por la cultura, por las representaciones sociales construidas y que han sido perpetuadas durante años en el imaginario social. Éstas nos dice qué ver, qué aceptar y qué rechazar. Y especialmente desde que se creó el concepto de jubilación, la edad a partir de los 60-65 años pasó a convertirse en una sentencia de muerte social y productiva (Gil, 2003), condicionando nuestra forma de ver y significar la vejez. Así lo revelan numerosos estudios sobre percepción al respecto realizados a nivel mundial.

Independientemente de cual sea el significado atribuido, lo cierto es que envejecemos desde la concepción misma, a diario, porque se trata de un fenómeno natural progresivo, intrínseco y universal, que forma parte del ciclo vital de todo ser vivo (Millán Calenti, 2010). Por eso resulta importante reflexionar sobre hacerse mayores y darle sentido a la vejez, porque envejecer es vivir y vivir es envejecer.

Hermann Hesse dijo en su libro Elogio a la vejez: “Envejecer no es simplemente un desmontar y marchitarse; Como toda etapa de la vida tiene sus propios valores, su propio encanto, su propia sabiduría, su propio duelo. Con toda razón, en épocas de relativo florecimiento de la cultura se ofreció a la vejez cierta veneración que hoy ha pasado a ser patrimonio de los jóvenes. No habremos de tomárselo a mal, pero tampoco nos dejaremos convencer de que la vejez no tiene sus propios valores (Hesse, p.54, citado en Grun, 2008). En otras palabras, según Hesse, para vivir el valor de la vejez y no defraudarnos con la vida es necesario consentir lo que la naturaleza trae consigo, aceptándola como otra etapa más y estar expectante a lo que requiera de nosotros.

Sin embargo, seguimos haciendo escaso o nulo caso a las recomendaciones de quienes viven o han vivido precisamente esta etapa de la vida. Y aunque observamos cada vez más las calles y bancas llenas de personas mayores, vemos nuestra vejez como algo lejano, y cuando ésta se acerca y comienza a manifestarse con señales más evidentes entramos en un proceso de incesante negación de la realidad, intentando hacer esfuerzos por ocultar su llegada. Pero la vejez no es peor que la juventud, ni Lao Tse peor que Buda, ni el azul es peor que el rojo, dice Hesse, solo resulta inferior cuando se quiere jugar a ser joven.

Lamentablemente el temor a la vejez es extremadamente poderoso y puede llegar a niveles insospechados a menos que suceda un cambio cultural que rompa los falsos mitos, creencias o se desmonte la imagen negativa, pasiva y pesimista. Porque hacerse mayor es una parte de envejecer. El resto tiene que ver con aprender, experimentar y continuar creciendo y disfrutando, porque la vida en la vejez, contrariamente a lo que muchos creen, se aprende y disfruta de otra forma.

Diversas investigaciones han demostrado que las personas mayores gozan de mayor bienestar o satisfacción en la vida que las generaciones más jóvenes (IMSERSO, 2011; Fernández-Ballesteros, 2009; Pinazo-Hernandis, 2006). Este fenómeno, conocido como la “paradoja del bienestar en la vejez”, llama la atención si se consideran las dificultades que suelen experimentar las personas a medida que envejecen (Jiménez Ambriz, 2011; Triadó y Villar 2008).

Lo que ocurre durante la vejez demuestra la capacidad de las personas mayores para adaptarse a la serie de cambios y modificaciones que se producen en los distintos niveles físicos, emocionales y sociales a medida que envejecen, lo que lleva a considerar la vejez como una etapa resiliente; es decir, que potencia la capacidad de las personas para superar dificultades y crecer a través o durante ellas de manera adecuada y positiva. Por tanto la forma como veamos y vivamos este proceso determinará gran parte nuestra vejez.

La educación y promoción de una cultura gerontológica es un paso necesario

Pensar en lo que significa envejecer también significa reflexionar sobre la vida. La vejez confronta el pasado, el presente y el futuro de la propia realidad. Poco a poco las acciones socioeducativas y de animación sociocultural, así como las nuevas generaciones de  mayores, están contribuyendo a cambiar la imagen negativa de la vejez, produciéndose lo que Gil Calvo (2004) denomina la revolución cultural de la vejez o “poder gris”, caracterizado por la emergencia de un nuevo paradigma de vejez basado en la adopción de un estilo de vida positivo, activo y reactivo, que lejos de motivar a las personas rechazar y avergonzarse por la edad, está reivindicado y manifestando el orgullo de ser mayor.

Estos cambios en las actuales generaciones de personas mayores están fortaleciendo el modelo de la generatividad, basado en la teoría de Erikson, respecto al interés de las personas mayores no solo de mejorar los contextos donde participan sino de contribuir al bienestar de las generaciones venideras (Villar, López y Celdrán, 2013) aportando beneficios sociales y personales.

Además, “esta construcción de la vejez como edad de oro (en el sentido de la edad de la excelencia culminante de la vida, elogiada por Séneca y el De Senectute de Cicerón) no es algo nuevo, pues siempre ha estado al alcance de una reducida minoría de privilegiados ancianos elitistas, sobre todo profesionales liberales, en su mayoría varones” (Gil Calvo, 2004, p.224). No obstante, en la actualidad, las presentes y futuras generaciones de personas mayores están viendo la vejez como la gran oportunidad de poder disfrutar de mucho tiempo para realizar las diversas actividades que ofrece el mercado cultural, ocio y recreación, anhelando el tiempo de la jubilación ansiosamente. Lo anterior, dice Gil Calvo (2004), permitirá “democratizar la experiencia de esta edad de oro para universalizarla extendiéndola a todos los miembros de su generación, y especialmente a su mayoritaria mitad femenina, ya profesional y altamente cualificada”.

Tampoco hay que generalizar. El proceso de envejecimiento y vejez es tan variable como personas hay en el mundo; se trata de un proceso altamente heterogéneo, pero con un mismo fin, y así como todos moriremos, se deben tener al menos pautas básicas de conocimiento y aprendizaje que nos permitan llegar a la muerte de manera satisfactoria, a través de un envejecimiento óptimo.

Re-significar y recuperar la belleza de la vejez, entendida como una cualidad y valoración a la experiencia y sabiduría que aportan los años es una de las líneas estratégicas que recomiendan los expertos en gerontología para envejecer bien y para promover una cultura que no tema, niegue o rechace esta etapa de la vida sino todo lo contrario, que de valor y vida a los años.

Diversos estudios reafirman la importancia de la valoración subjetiva positiva de la vejez, la satisfacción de la vida y una imagen positiva de la vejez como elementos clave para un envejecimiento óptimo (Ryff y Keyes, 1995, 2003; Cartensen, 1993, 2006).

Como periodista y comunicadora social observo diariamente prejuicios y estereotipos negativos asociados a la vejez, así como malos tratos y discriminación en función de la edad en los discursos cotidianos de la sociedad y en el de los medios de comunicación. Y como tal, busco contribuir a su erradicación, siendo víctima también de la exclusión social y mediática al apenas recibir retroalimentación y difusión al respecto.

Exceptuando a los mayores e investigadores en el tema, al parecer nadie quiere saber sobre el envejecimiento, como si no envejeciesen, como si la vejez fuera solo cosa de “otros” y no una etapa que llegará tarde o temprano, según cómo se viva, porque lo que una persona haga o deje de hacer redundará en su calidad de vida cuando sea mayor.

En general observo una gran despreocupación y abstracción (consciente e inconsciente) frente al propio proceso de envejecimiento. Sin embargo, la acción socioeducativa desde la infancia puede ser una buena alternativa. La sociedad no sabe afrontar su envejecimiento porque desconoce, no tiene o son insuficientes las herramientas para ello. Una forma revertir esta situación es a través de la educación y promoción de una cultura gerontológica. El poder de dinamización, socialización y mediación que tiene la acción socioeducativa, especialmente mediante relaciones intergeneracionales, puede contribuir a mejorar el escenario actual de la vejez.

Diversos organismos internacionales sugieren fortalecer experiencias significativas entre generaciones jóvenes y mayores debido a los efectos positivos que han demostrado algunos estudios previos, no solo en el bienestar integral de las personas mayores sino en los beneficios a nivel paradigmático en la reducción y mejora de las percepciones y actitudes negativas sobre la vejez (Fernández-Ballesteros, 2009, Ryff y Singer, 2001; UNECE, 2002; Cofiño Fernández et al. 2005; Comisión Europea, 2009).

La familia, el sistema escolar y los medios de comunicación masiva deben trabajar juntos para desarrollar actividades que abarquen a todos los grupos etarios como sujetos que envejecen diariamente e interesados en envejecer bien (especialmente en la infancia, ya que es en esta etapa cuando se adquieren los prejuicios que luego se van racionalizando con los estímulos que se reciben).

Está comprobado que una persona activa y consciente de su envejecimiento desde pequeña, tendrá una respuesta positiva mayor frente a la vida que uno inactivo; esta respuesta positiva a su vez aumentará su esperanza de vida. A su vez, una mayor esperanza de vida a consecuencia de un envejecimiento positivo y activo incide favorablemente en una mejor salud y, por consiguiente, menos gastos en medicamentos y reparos. Por tanto, la prevención es más barata y además beneficiosa para toda la sociedad, pero ello requiere tiempo, políticas y acciones orientadas a ese fin.

En este sentido, mi interés a nivel personal, profesional y como investigadora en el área se nutre del deseo de mostrar la imagen que no todos conocen de la vejez actual, una vejez caracterizada por la participación social, ciudadana, cívica y política cada vez mayor, y cada vez con más fuerza, que contribuye con su voluntariado y accionar como capital social de desarrollo humano local y a gran escala. Una vejez activa, proactiva que está lejos de la imagen que aún sigue arraigada en muchas de las personas que aún no han tenido la oportunidad de compartir una experiencia intergeneracional.

Y a pesar de haber algunos avances, sigue presente un edadismo implícito, inconsciente e involuntario en la sociedad. Parte de esa culpa la tienen los medios masivos de comunicación en la aparentemente representación positiva del envejecimiento, ya que también conlleva la activación de etiquetas negativas (pues el objetivo de los medios y publicidad es empujar mensajes anti-edad/envejecimiento), y al transmitir un modelo que va de la jubilación a la jubilaAcción, o de un envejecimiento hiperactivo, presentando la vejez con imágenes que muestran un ideal de eterna juventud, “espíritu activo” o un retrato de “súper seniors” (Milner, Van Norman, & Milner, 2012), que deriva en serios problemas de identidad en las personas mayores pues tienden a no identificarse con este grupo estigmatizado, situación que contribuye a su marginalización.

Tampoco puede seguir existiendo el edadismo manifestado en discursos paternalistas o infantilistas hacia las personas mayores. No puede ser que por aparentar o tener más de 60 o 65 años se pase al estatus de “abuelos”, “abuelitos”, cuando quizá ni tengan nietos e, independientemente los haya, tengan que recibir un lenguaje y entretención como si de niños se tratasen. El respeto por la autonomía y la dignidad de las personas es algo que no acaba en la vejez.

Se requiere un cambio de mentalidad personal y sociocultural importante. Pero también voluntad política. Hay que rediseñar las políticas en materia de envejecimiento, fortalecer otras que han sido fructíferas y crear nuevas, acordes a las necesidades e intereses de las generaciones de mayores que están y las que vendrán, porque las personas mayores, como todas las demás, son patrimonio a cuidar, respetar e integrar para hacer del mundo una sociedad más justa y cohesionada para todas las edades.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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Cofiño Fernández, R., Álvarez Muñoz, B., Fernández Rodríguez, S., y R. Hernández Alba, R. (2005). Promoción de la salud basada en la evidencia: ¿realmente funcionan los programas de salud comunitarios?, Revista Atenea Primaria, 35(9), pp.478-483.

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Losada Baltar, A. (2004). Edadismo: consecuencias de los estereotipos, del prejuicio y la discriminación en la atención a las personas mayores. Algunas pautas para la intervención, Madrid: Portal Mayores (14). Recuperado de http://www.imsersomayores.csic.es/documentos/documentos/losada-edadismo-01.pdf

Millán Calenti, J.C. (2010). Gerontología y geriatría. Valoración e intervención. Madrid: Editorial Médica Panamericana.

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